Me tocó ir a una ciudad nueva, sin embargo no recuerdo su nombre.
La única manera de llegar ahí era en tren. No había ni carros ni bicicletas ni ningún otro tipo de transporte. Uno podía caminar, pero era más bien peligroso porque las aceras eran estrechas. Toda la ciudad estaba construida con un tipo de piedra duro y fresco como la cantera, pero de color gris, una mezcla entre gótico y neoclásico. Se parecía mucho a las fotos del calendario que tengo de Nueva York, pero uno más invernal, apocalíptico.
En el día que estuve ahí vi el principio de un fin. Estaba saliendo del hotel localizado en una avenida muy transitada, tenía que esperar el tren que me llevaría a otro lugar desconocido, sólo estaba siguiendo instrucciones y mis viáticos estaban cubiertos. Recuerdo que estaba a punto de llover, justo como ahora. De la nada, escuché unas sirenas sonar, como anunciando un bombardeo. Del otro lado de la calle empezaron a desbordarse ríos y ríos de gente caminando muy rápido, precipitándose hacia mi lado de la acera. Ninguno de ellos notaba mi presencia en ese escenario, sólo querían subir la escalinata que estaba detrás mío, larga y recta, completamente simétrica. Y ahí, en frente de mí, vi mujeres vestidas de blanco con el cabello azabache, pesado, subiendo las escaleras dando la espalda al edificio y cargando las cabezas de otras mujeres como ellas. Las cabezas parecían pesar mucho y ellas se aferraban a ese pedazo de cuerpo con las pocas uñas que les quedaban. Iban como llorando, mirando la cima de esas interminables escaleras, con los vestidos blancos manchados de sangre, subiendo de a poco, subiendo.
No sé por qué había tantas mujeres como esas, parecían novias con esos vestidos tan largos. Después de mirarlas empecé a caminar sobre la acera, un montón de papeles volaban encima de nosotras. Nadie más se miraba entre sí. Todos corrían, no sabían para dónde, pero corrían.
Creo que al final no sirvió para nada.
No sé por qué había tantas mujeres como esas, parecían novias con esos vestidos tan largos. Después de mirarlas empecé a caminar sobre la acera, un montón de papeles volaban encima de nosotras. Nadie más se miraba entre sí. Todos corrían, no sabían para dónde, pero corrían.
Creo que al final no sirvió para nada.
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