Yo me acuerdo de cuando el Sr. A se colaba de puntitas a mi recámara, descorría las sábanas y sosteniéndome entre sus brazos me preguntaba ¿Qué te hicieron, mi princesa, qué te hicieron?, me besaba una y otra vez con sus delgadísimos labios, me metía la lengua, me desnudaba, me penetraba sin venirse y luego, mi Romeo Alcohólico se retiraba a su recámara en su caballito de humo imaginario.
Al día siguiente, le preparaba pan francés con jamón, pero escondía la miel y el azúcar. Desayunaba de malas y, al terminar, me daba un beso en la mejilla antes de irse a trabajar.
Me acuerdo porque le tengo rencor: en esas estúpidas noches de otoño yo tampoco me venía.
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