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Para Bernardo O.
Me gusta cuando el primer aliento del día es el que viene de tu boca, cuando tus manos me recorren como sombras hasta llegar a mi cintura y me despojas de las otras sombras fantásticas del insomnio. Haces que las horas que paso en vela sean para desmenuzar los suspiros que se nos deslizan entre las comisuras, y juegas con mis hombros acantilados por tus sorpresas luminosas.
Te robas mi nombre para usarlo como interjección. Mi alma sale a cubierta, hay una tormenta, catástrofe.
Soy Normandía con las manos puestas en alto. En la arena de mi playa siento el frescor de tus aguas de ultramar, se confunden con las mías, inundan y desgarran hasta
el lugar
de donde emanan las palabras
de donde emanan las palabras
se ve sofocado
por una angustia
que se funde con la tristeza
de ya no caber más
de ya no caber más
en este cuerpo
que de no ser sostenido
por tus manos
caería
por tus manos
caería
en el vacío inefable de la desesperanza.
La caída sería infinita.
No, Día, no me lleves, no te pertenezco, soy de él. Aquí me creo, entre sus alientos de sábanas tejidas con mi nombre que viene de su boca.
No me roas los pies, perro Día, quítate de encima, no quiero acompañarte hoy a mi muerte.
¡Qué canción tan triste es esta ahora! Solía anunciarme su venida. Ahora sólo marca su partida.
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