Es hora de trabajar, remangarse, peinarse, golpearse un poco las manos y las mejillas: hay que despertar de este sopor que de repente empezó a invadir las mentes y los corazones de los estudiantes. La apatía es una enfermedad contagiosa, pero no creo que sea del todo apatía, creo que más bien tienen miedo, miedo a la represión, miedo a no poderse sostener, a no tener argumentos, al fracaso, al cansancio, al éxito.
El miedo es una enfermedad peligrosa, destruye lo no-creado, lo deseado, derrota sin haber empezado a pelear, cansa cuando todavía no hay ningún trabajo hecho. Nos mantiene a raya, sanos y salvos en casa, donde todo es conocido y el espacio nos pertenece. Sí, qué miedo ir a explorar, ir allá afuera, encontrar gente y coincidir. Sí, qué horror dejarnos horadar, nos queda un hueco y después no hayamos qué hacer con él.
Nos dejamos horadar para poder albergar otros corazones en nuestros cuerpos y cuando se van, el vacío nos perpetra. Cualquier vicio es bueno para rellenar el espacio. Espacio. Espacio. Estoy peleada con esta palabra. Espacio. Puto espacio. Y dejo uno entre el insulto y la palabra misma, pero no puedo hacerlo en otros sitios. Espacio. Guardarme en otros...espacios. Y ni siquiera me gusta la otra palabra que se le parece: despacio. Son parte de aquel universo que constituye mi antítesis. Si acaso me gusta dejar espacios entre las palabras que significan mi pensamiento mexicano y si acaso me gusta despacio es cuando escucho a Miles Davis o veo a Orlando Schecker bailar. O bebo cerveza o piñadas o el té chai está entre mi lengua y mi paladar, ahí sí: despacio. Porque ni siquiera despacio me puedo entregar al amor, me doy entera como el vendedor de fruta que se entrega por completo al que le compra. Todas las cartas en la mesa. ¿Será...? ¿No tendré un as bajo la manga? Ojalá tuviera mota para poder escuchar el Kid A a solas mientras DESPACIO me desintegro. No es un viaje, es un reacomodo, romper y volver a armar con un orgasmo de por medio. Ajá.
Despacio. ¡No, de fregadazo mejor! Así si me rompo la cara de nuevo, la anestesia corporal vendrá pronto a olvidarme de mi dolor. Y dolor se escribe con D de despacio. Despacio. Estoy rumeando esta palabra para ver a qué me sabe...¿A qué me sabe?...A clavo y orégano.
¡De fregadazo, de fregadazo! Y nos fuimos todos al traste, porque mientras estaba en esto de la bailada pues me dio un ataque epiléptico y todos pensaron que se trataba de un nuevo paso de baile improvisado y se tiraron al suelo y se revolcaron como yo y balbucearon y lagrimearon en vez de llamar a la ambulancia. Cuando me dejé de mover era porque mi corazón se había dejado de mover. Al unísono, todos creamos el mismo silencio, las sangres dejaron de correr, los ojos de parpadear, las narices de resollar. No había ruido ni entre nuestras células. Un infinito envidiable, es lo que llamo reacción en cadena y no mamadas. Creyeron que habiá inventado el paso de El Fregadazo, cuando en realidad lo que provoqué fue un suicidio colectivo.
Y así son las cosas, la gente no siempre reacciona de la manera adecuada. ¡¿Pero quién putas sabe qué es adecuado o no?! Nadie, nadie, sólo sabemos de conveniencias instantáneas, nos dejamos llevar por las vísceras, consejeras de mierda. Ésas, precisamente ésas, son babosadas. Un día en laboratorio de biología querían que tocara un útero de ternera. Ni madres, dije, yo nomás me toco la mía y ahi nos vemos. Al día siguiente los tentones tenían herpes por debajo de las uñas. Un compa tenía en la comisura, pero no quisimos preguntar, hicimos soeces conjeturas nada más.
Y las historias son mierda también, aunque nos pueden hacer reír mucho. Aunque sonreír me duele ahora, no por emo, sino porque me duele físicamente. Me enchuecaron ambas bocas y pues no puedo sonreír ni con la horizontal ni con la vertical, ni enseñar los dientes para defenderme aaarrrrrrrr. Nop, no me sale igual.
Ya se viene el 12 de diciembre, me tengo que entrenar para irme de rodillitas a la basílica a rezarle a la Guadalupana, que me dé un brazo nuevo, que me dé un brazo nuevo, ora sí lo cuido, que me dé un brazo nuevo, que me dé un brazo nuevo, prometo no ser pendeja y andar sin frenos otra vez, no le aunque que me deje con mi dedito chueco o que me dejé la remendada de mi frente, que me dé brazo nuevo y una manita de gato a mi labio y a mi barbilla, nomás eso le pido, Virgencita. Ya ves que ya aprendí la lección, morenita, hazme caso. Te prometo que termino la carrera para que veas que no trabajas en vano.
En otra vida tal vez, decimos y me dicen, en otra vida aprenderemos a amar. Tráete tu sillita y quédate a esperar. Al fin que no tienes otra cosa mejor que hacer.
Pagué siete mil pesos para que me dijeran que apesto
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O lo que es lo mismo, me pagué una editora, por fin, para que revisara mi
novela.
Y es que yo confiaba en este proyecto, a pesar de que navegaba
doloros...
Hace 6 meses
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