Vine aquí porque en los libros leí que cuando uno cambia de lugar es más
fácil hacer catársis. Lo único que he logrado es añadir viñetas a mi catálogo
de crímenes. No encuentro un límite, no hay confesión que me satisfaga lo
suficiente como para desnudarme ante ustedes y decir: estoy lista para limpiar
la sangre ajena de mi cuerpo. No, todavía no me canso.
Sin embargo, todos ustedes son tan estúpidos como
para regodearse en mis advertencias. Pareciera más bien que al enunciarlas,
trazara yo un caminito de azúcar y que ustedes lamieran el suelo gustosos
hallando al final su anunciada tumba. Ustedes pueden ver que no hay ambigüedad
en mi discurso: soy una hija de puta y no tengo remordimientos, alojan su
futuro cadáver entre mis piernas a voluntad. ¿Lo ven? Cómo decirlo no me exime
de culpa alguna, al contrario, la encaro cínicamente y les escupo de paso.
Esperaría de ustedes al menos el mismo orgullo, que
me dijeran estoy aquí sufriendo porque me gusta y no estoy esperando que al
hacerlo nadie cambie en absoluto. Tal vez, y sólo tal vez, entonces podría
pensar que los respeto un poco. Pero no. Ustedes vienen con unicornios en los
ojos pensando que su impostada nobleza hipócrita me ablandará el corazón y me
redimiré. Yo no tengo corazón. Tuve que venir aquí, a este pedazo de planeta
Tierra, para darme cuenta. Cuando salí de allá me mentí a mí misma, me dije necesitas
recapacitar y corregir el rumbo de tu vida torcida y, levemente convencida, me
hice camino. Debí de haber sido más honesta y darme cuenta de que lo único que
buscaba era desaburrirme del tan fatigoso desfile de variedad faunal que todos
los días cantaba y bailaba a mi alrededor.
Vine aquí y lo vi todo. Es horrible saber que, en
realidad, nunca me moví de lugar.
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