Cada vez que
veo esa foto me impresionan muchas cosas a la vez. En ella veo a una mujer
joven, fuerte y ecuánime; una suerte de templanza ante la adversidad, inquietud
por el mundo, una mujer que no cualquiera debería retar.
Veo una madrugada de febrero, cuando la lluvia
acaba de amainar, restos de hierba fresca, huellas de una noticia inesperada,
las luces de la ciudad del otro lado de su mirada; en sus cejas, la serenidad
inalcanzable del futuro.
La mujer de esta foto se asoma a mi corazón
como quien mira dentro de una fuente de los deseos después de arrojar una
moneda. No sabe que posee los pechos más deseados, las caricias más sedosas,
las comisuras más secretas, el sexo más dulce, los cabellos más llenos de mar, el
corazón más tibio. Que entre la neblina de su pecho y su cuello se pueden
deslizar mis manos como raíces de árboles secos para rodear su boca y hundir en
ella toda esperanza y toda promesa de reverdecimiento. Si es que acaso se
dejara tocar…
Pero por encima de eso, veo cómo se asoma por
sus ojos el destello de un corazón salvaje, una pregunta constante que a su vez
no quiere ni necesita ser respondida.
Quisiera seguir viéndola y que no me amaneciera
nunca.
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