Dentro y fuera de mí siento la necesidad de quemarlo todo, especialmente si no estás de acuerdo conmigo. ¿De acuerdo en qué? Que soy mejor que tú. Mira mi cabello, mis nalgas, mis ojos color miel. En la prepa me sentía honestamente fea, pero cuando descubrí el poder de mis caderas y de mis labios, me sentí Godzilla, dueña del mundo y las miradas que lo habitan. Con este intelecto y este cuerpo hago que se arrodillen los hombres, que me pidan perdón por cosas que no han ni pensado en hacer. ¿Y tú qué tienes? Tu lástima, tus lágrimas de cocodrilo, tus quejitas diarias, tu victimismo de Televisa. Nada más porque soy una lisiada emocional, si no, estarían mordiendo el polvo justo donde yo estoy haciendo esta rabieta. Sola.
¿Qué? ¿Que quién me dijo que yo era mejor que tú? Me lo confirmó el estatus quo. Lo tengo todo, menos la licencia de ser miserable porque tengo “privilegios”. Esa palabra tan escupida por aquí y por allá, sin saber que “privilegio” es esa palabra que la gente culturalmente blanqueada usa para dar una falsa noción de conciencia de clase y degrada los derechos básicos a meros caprichos. “Fui una mujer privilegiada porque pude ir a la escuela”. ¿Perdón? ¿Desde cuándo la educación es un privilegio renunciable?
Jamás olvidaré la vez que, en una comida de cumpleaños, aun estando en la secundaria, una niña se burló de mí porque dije que me gustaba ir a la escuela. Al escribir esta memoria en este texto me dio una curiosidad enorme y revisé sus redes sociales. Aún recuerdo su nombre: Mariana Vázquez. Sólo diré no son las selfies más inspiracionales que jamás hayas visto. Yo en cambio, si miran mis fotos, se darán cuenta de que no inspiro otra cosa más que envidia, normal, pero tampoco soy mucho más feliz que ella…JAJAJAJA OBVIO QUE SÍ LO SOY, soy mucho más feliz que ella; todavía tengo paz mental y me voy a dormir tranquila por las noches. Mi cinismo me ha salvado de la ignominia. Mi insufrible superioridad moral me da la gracia para fingir que no la juzgo y no la miro con desdén, aún después de tantos años y después de tanta maldita sororidad.
Mi maestra Cecilia alguna vez me dijo que los valores de la revolución francesa no son compatibles entre sí. Libertad, igualdad y fraternidad. Porque si tengo libertad, puedo escoger no ser fraterna ni igual al resto de la sociedad. La perversa sociedad. Ésa que permite la decapitación de cachorres humanes para el secuestro de un pedazo de tierra que no les pertenece; la que firma bombas con sonrisas en ese hueco donde antes tenía rostro y ahora sólo queda la máscara de la supuesta corrección política. “¡Tu cabeza debería de estar en una bolsa!”, le gritó el cadáver medio vivo de un hombre-escoria, que ostenta el cargo de Senador en la Cámara de Representantes de Estados Unidos de América, a la directora del Instituto Árabe-Americano de este mismo país en plena audiencia. ¿Qué consecuencias tuvo este arremedo de tripas con micrófono después de desearle la muerte a una de las figuras más influyentes en política exterior en este momento? Ninguna, nada de nada de nada de nada por lossiglosdelossiglosamén.
Al principio de este texto dije que quería quemarlo todo, pero no es así. Sólo quiero quemarte a ti, colonizador, lento y al carbón, por partes. Pedazo a pedazo irle dando de comer tu cuerpo a los cerdos, que después irán al matadero llenos de hormonas y alimentarán el cuerpo terrenal de tus descendientes. Ojalá mueran de cisticercosis, se vomiten sangre en las manos y finalmente puedan verse en ese escatológico reflejo tal y como yo los veo ahora.
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