Hay que sobrevivir el invierno de alguna manera. Ya sé, les digo esto y
ustedes se imaginan una postal rusa-himalayesca de una mujer vestida de pieles
tratando de mantenerse de pie mientras una ventisca inclemente la pone a prueba.
A duras penas puede que ésa sea la postal que vivo dentro de mi imaginario. No,
la verdadera postal que es necesario retratar ahora es una mujer de
veintitantos, su cuarto blanco, fotografías en las paredes, una cama individual
clase media, tres colchas, pijama de franela, un suéter y un gorrito. Hoy la
noche es indulgente y no me ha dejado la nariz fría, por fortuna. Eso suele
darme mucho insomnio.
Vivo en una ciudad de provincia, de esas que
los y las novelistas no suelen retratar y desmitificar en sus historias. Las
grandes historias cosmopolitas se escriben en y sobre las grandes ciudades:
Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá, Santiago de Chile. A cualquier otra se
le otorga un status de retrato en sepia y sólo hay de dos sopas: 1) sirve para
hablar con nostalgia de la infancia, un pasado remoto; 2) el tema es presente,
pero bucólico y costumbrista. A la mierda con su centralismo bizantino, mi
ciudad es tan real como la suya, se vive, se respira, se va a la OFICINA, sí:
oficina. No todo en la provincia son gorditas y jugos de naranja en estanquillos
terregosos ni ferias ganaderas donde las vendedoras hablan con acento jocoso y
mandiles de cuadritos. Hay un mundo intelectual, poetas que sufren, artistas
plásticos que discuten sobre Foucault, filósofos que se emborrachan, viejitos
jazzeros que se juntan en el jardín a tocar desafinado.
Es posible sobrevivir el invierno, pero nunca
la primavera. No es la altura, es el puto calentamiento global que cada vez
deja menos neuronas vivas, más idiotas sobre las aceras buscando la sombrita.
Las y los capitalinos suelen pensar que en provincia hace más calor que en la
capital, cuando, por ejemplo, muchas estaciones del metro de la Ciudad de
México son un tambo de tamales de todos los sabores y aún así se meten con
chamarra, qué masoquistas hijos de puta.
A quién engaño, lo que pasa
es que en el fondo envidio sus edificios todos grandotes y la atención que el
resto del país les presta. Ya quisiera que en cadena nacional mi ciudad saliera
luego luego con sus tragedias locales y vistas panorámicas de sus monumentos.
No saben lo podrida que estoy de ver el bendito Ángel de la Independencia y el
Museo Soumaya en todos los paneos sobre mi país. El Palacio de Bellas Artes no,
ése no me cansa nunca.
¿Por qué tendremos esa fea
maña de estarnos viendo el ombligo todo el día? ¿No ven que la pelusa está
igual de gris que ayer, que nomás se acumula a la velocidad de la luz? Hay
otras partes del cuerpo como los deditos, las narices, los penes y las vaginas.
¿Ya se vieron las pulgas de la cabeza, los pelos en los sobacos? Ew, todo eso
es tuyo, México, es hermoso y triste, pero ew. También hay que lavarse la
colita de vez en cuando, a ver si así se nos quita lo caguengues.
Tal vez no sea posible
sobrevivir el invierno todos los días en este cuarto blanco cubierto de
fotografías y poemas impresos. Quizá me haga falta una mujer igual de friolenta
que yo cuyo cuerpo reemplace el cerro de libros que me rodea y que me arranca
los pelitos del brazo; una mujer cuya mirada me haga sentir inocente otra vez,
como si no hubiera hecho todo lo que hice, que me haga sentir que todo lo que he
vivido y apañado haya sido para llegar a ella; cuyo abrazo me haga sentir menos
vergüenza de mí y de todo este puñado de garabatos que se me salen del margen
cada luna llena.
Pueden pensar lo que quieran de mi ciudad
provinciana, de nuestro clima, de nuestra forma de quejarnos de nuestro tráfico
y horas pico, pero al menos aquí todavía conocemos las estrellas y las
quesadillas que llevan queso por default.
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