Ahora que tengo tiempo libre me he puesto a caminar. Hoy me fui a sentar a la orilla de las vías y pasó el tren de las siete de la tarde. Yo estaba muy cerca, esperando ver los vagones, el rechinido y el cliqueo regular de las llantas contra el camino. Ya casi iba a terminar cuando en el último vagón vi sentados en la orilla a unos cinco hombres, negros todos. Brevemente, uno de ellos me miró con unos ojos grandes, redondos y blancos; tenía una expresión de inconfundible resignación, cierto enojo y espera. Iba sentado abrazando sus rodillas semiabiertas, como yo. Sí, muy fijo me miró y por un momento sentí que ese hombre era yo, sentada en el último vagón de un tren extranjero, esperando llegar a la tierra prometida donde la carencia se vuelve un recuerdo de antaño, como cuando uno egresa de la universidad, se casa o le dan permiso de vender algo.
Puede ser que ese hombre haya sido yo mirando fuera de mí el paisaje del semidesierto, viviendo en la concavidad de un tren mareado y monótono. También puede ser que ambos hayamos sentido lástima por el otro y, aún así, deseamos estar en su lugar. Lo cierto es que, de cualquier lado o modo, pasamos, como todo pasa.
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