Siempre quisimos saber si Sarita era virgen o no. Si tan
sólo pudiera contarlo. A veces la acompañaba al súper, la dejaba decidir lo que
había que comprar y lo que no. La verdad es que no me importaba mucho, lo único
que quería era escucharla, estar cerca de ella. Me gustaba mucho verla caminar
por los pasillos como solita, así, fingiendo ser una huérfana cualquiera. A
veces se ponía a cantar las canciones que ponían en el radio del súper, medio
se contoneaba y escogía las galletas o los sobres de las sopas. Supongo que le
gustaba sentirse observada, por eso casi nunca caminaba junto a mí. Aunque
puede ser que haya sido su don de mando. O los dos.
También
me acuerdo de cómo torcía el gesto cuando se ponía a comparar los precios,
sobre todo cuando escogía el yogurt. Se pasaba una eternidad haciendo cuentas,
dividiendo el precio por gramo, tratando de recordar si había subido el precio
o si había bajado desde la última vez. De vez en cuando se acordaba de que yo
estaba ahí y me volteaba a ver explicándome su decisión final. Me decía que
convenía comprar mejor cinco yogurts sueltos de la marca tal y de sabor tal que
pagar el paquete armado de sabores mixtos porque el precio por pieza no era el
mismo; si uno se fijaba bien, también dependía del sabor. Sí, decía, nos
llevamos así y ahorramos tanto. Y sonreía. Yo nunca contestaba, sólo asentía
fingiendo que la escuchaba y entendiendo la importancia del asunto. Claro que
ahora recuerdo lo que decía, pero en ese momento lo que hacía era fijarme en
cómo se le juntaban las arrugas en las comisuras y en el rabillo de los ojos.
Tenía una cicatriz de varicela junto al ojo derecho, muy pegadita al párpado,
si Sarita lograba sonreír lo suficiente, la cicatriz era comida por los
delgados pliegues de piel que caían sobre ella.
Amaba
sus gestos, de a ratos era masculina, como cuando agarraba latas grandes de
frutas en almíbar; otras, femenina, como cuando tenía que recorrerse el fleco.
Debo reconocer que para mí era todo un misterio ver cómo lograba mantenerse
ecuánime, tan ajena al amor.
Sarita
no creció con nosotros y nunca nos atrevimos a preguntarle de dónde venía.
Teníamos diversas teorías al respecto. Pensábamos, por un lado, que hacía mucho
tiempo había tenido un gran amor, pero que de una manera u otra lo había
perdido. Se nos ocurría que la había abandonado por capricho, por otra mujer,
por desacuerdo, por suicidio o muerte accidental. Después recorríamos otras posibilidades,
como que tal vez sí tenía un amante, pero vivía lejos de ella. Trágicamente
alguien llegó a sugerir que era lesbiana. Esta idea nos entristeció
infinitamente, así que la descartamos del catálogo que habíamos armado; quiero
decir que lo teníamos en cuenta, pero era la ultimísima opción, antes,
hubiéramos preferido que fuera monja a entregarla a los brazos de otra mujer.
Es imposible sentir celos del otro sexo, esto sólo es patético y una lucha
desde ya perdida.
Nos
ocupaba mucho divagar sobre la vida amorosa de Sarita. Cuando la acompañaba a
hacer las compras siempre tenía el mismo objetivo: averiguar si compraba
toallas femeninas o tampones para los días de sangrado. Era mi misión,
aparentemente no le gustaba ir al súper acompañada por nadie más: o era yo o no
era nadie. Pensábamos que si Sarita ya no era virgen, compraría tampones; si lo
era, entonces compraría toallas. Creo que ella intuía nuestra curiosidad. Cada
vez que tenía que pasar a la farmacia del súper a comprar alguno de esos dos artículos,
me mandaba a conseguir otra cosa, algo que implicara un desplazamiento más o
menos largo. Fingía haber olvidado tal o cual cosa para poder mandarme y así
quedarse sola el tiempo necesario. Cualquiera de esas veces hubiera sido
terriblemente fácil desobedecer, sólo por un par de minutos, y ver, pero tenía
la sensación de que Sarita podía oler mi miedo como los perros. Entonces no
tenía más remedio que hacer lo que me mandaba sin chistar.
Como
era de esperarse, los demás se impacientaron porque yo no traía respuesta. Los
días pasaban, uno tras otro, y el día de la liberación de Sarita ya estaba
cerca. Debo de admitir que yo tampoco podía más con la curiosidad, pero
saciarla era una forma de rasgar un delicado velo.
No
quería sentirme un monstruo, pero después traté de elegir entre una vida
sostenida por el hilo de la duda y una marcada por una quemadura como de
cigarro, una suerte de castigo por insolencia.
Decidí
vivir con la cicatriz.
Cuando
Sarita me mandó lejos ese día, la obedecí como de costumbre, le dije que sí, me
di la vuelta y caminé tranquilo, como ocupado en mis pensamientos. Calculé
hasta donde sabía que ya no me podía ver, me puse detrás de un anaquel y
regresé por el camino paralelo tan rápido como pude. Llegué hasta la farmacia y
la vi ahí parada, escogiendo, comparando los precios. La estaba viendo de
perfil. Traté de cambiar el ángulo y me acerqué un poco más para poder
distinguir el producto que estaba mirando.
Era
sólo un par de años más grande que la mayoría de nosotros, pero un par de años
es la eternidad cuando se tiene aquella edad. Después uno crece y un año es
como una semana, más tarde pasará otro y uno sentirá que sólo vivió un día. Al
final, si uno es lo suficientemente viejo y ha logrado quedarse sin bastantes
cosas que hacer, el tiempo recobrará su duración habitual. Diría incluso que
puede invertirse todo: que una semana durará lo mismo que un año, que los días
lo mismo que meses. Entre más pasa uno dedicándole tiempo a los recuerdos, más
vivirán ellos en nuestro lugar. Desgraciadamente, es el cuerpo de uno el que
resiente la vivencia. Y ya, uno muere.
La
muerte no es más que la expansión ilimitada del tiempo. Ese día lo sentí, una
premonición fugaz, un sabor de adrenalina en la boca, un zumbido en los oídos,
un último respiro muy sonoro dentro de mí, un apretón en la garganta; sentí mis
venas siendo recorridas por torrentes de mercurio. Caliente, muy caliente, pero
con la piel chinita por un soplo celestial. Al exhalar expulsé mi alma gritando
y, junto con ella, cualquier resto de energía que me hacía mantenerme de pie.
Siempre
quisimos saber si Sarita era virgen, pero cuando estaba seguro de saberlo tuve
un derrame cerebral y todo se hizo pedazos al estrellarme en el suelo, como una
fina pieza de cerámica fría, muerto sin más.
Si
tan sólo pudiera contarlo, describir el vértigo al soltar mi cuerpo y dejarlo
caer, el impacto del suelo en mis hombros, luego mi cabeza, viendo el techo
encima de mí. Una gota de tinta coloreando mis ojos: una negrura sin fondo.
¡Si
tan sólo pudiera contarlo y decirles si Sarita era virgen o no!
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