Estaba sentada sobre la vida de acero, sus
piernas caían tensas, como pétalos esperando ser deshojados. Apoyada sobre sus
manos, se inclinó hacia mí y pude ver el regalo bajo su escote marchito. El
tiempo había pasado besando su piel, pero el vigor juvenil de su mirada me
incitaba a mirar más allá. A pesar de los gritos de mi conciencia, me acerqué
para juntar sus labios con los míos y cuando abrí los ojos, vi mi labial en el
espejo.
Pagué siete mil pesos para que me dijeran que apesto
-
O lo que es lo mismo, me pagué una editora, por fin, para que revisara mi
novela.
Y es que yo confiaba en este proyecto, a pesar de que navegaba
doloros...
Hace 6 meses
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