Traté de desnudarla, ella me decía, no, no, esto está mal, pero abría las piernas y rozaba sus labios con los míos, sentía su aliento mientras gemía y se negaba, olía a una mezcla de clavo negro y mandarina recién cortada; yo, mientras, trataba de acercar su vientre al mío y de bajarle las pantaletas, ella forcejeaba por debajo de las sábanas y fingiendo torpeza jugueteaba ligeramente con mi pene. Entonces yo daba un brinquito y decía ¡ts, au! y ella decía, perdón perdón, y se ponía en pausa hasta que yo nuevamente intentaba rodar mi cuerpo sobre ella. Harto del preámbulo, empujé su cara con mi boca y le besé el cuello, logré que relajara su cuerpo, perdió fuerza en los brazos, entrelacé mis manos con las suyas y lentamente la recosté sobre su espalda, seguí besando sus pechos por encima del brasier, le mordí el pezón izquierdo, le abrí las piernas con mis rodillas y recargué suavemente mi erección sobre su sexo; ella suspiró, arqueó la espalda y vi cómo su vientre empezaba a iluminarse, por debajo de su piel había un concierto de colores, cambiaban del ámbar al añil hasta llegar al solferino. Era como tener la aurora boreal entre las manos. Me acerqué para olerla, para llenarme del perfume de su excitación que llevaba mil años ahí guardada. Era cremoso, todo en ella lo era, sus labios, la carne debajo de sus brazos, la piel que recubría sus costillas, sus nalgas, tan cremoso que sentía que no podía retenerla en mis manos. Tuve miedo pero la penetré, y me invadió la sensación de que estaba apagando como con un interruptor la luz que de ella brotaba, apagándola en vez de electrizarla y hacer que ese electric bloom se intensificara hasta iluminar la noche de los vagabundos perpetuos, apagándola y escuchando cómo por dentro se le rompía en mil pedazos un faro precioso y antiguo, apagándole todas las palpitaciones y ganándome el odio de todos los hombres.
Cuando eyaculé no pude decir nada. Me temblaban las piernas. Ella se quedó ahí tendida, exhausta. No me atreví a moverla, y por mi acción o la falta de ésta, ella se empezó a petrificar. Aun estaba dentro de ella, no me pude salir, sólo me dispuse a contemplarla hasta que quedó completamente blanca, nevada. Sólo podía mirarla desde lo alto, a ella y al orgasmo luminoso del que jamás me recuperaría.
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