Me importa cada vez menos su consideración falaz, señorita Sociedad. ¿Para qué tanto alboroto? Celebrar la fecundidad, a como está el planeta deberían de hacerle fiestas a las mujeres infértiles. Lo veo con mis hijos y no sabe cómo me arrepiento, los traje a este mundo a sufrir. Ellos a cambio me regalan unas chanclas del tepe, un vestido de florecitas que me queda como carpa de circo y un helado en una banca del patio barroco. Lo que sea con tal de no salirse de su facultad. Para despedirse me dan un beso encarrerado y se largan a fumar mariguana detrás de la cancha de básquet. Ellos creen que no lo sé, o ya ni sé si les importa que lo sepa.
Señorita Sociedad, ¿cómo le hace usté con tanto hombre? Ayer me preguntaba eso, sentada en lo alto del templo de San Agustín, meciéndome en la orilla. Me imagino cómo hubiera sido si dios me hubiera dado una niña. Tal vez me echaría la mano en la casa y yo no estaría tan sola. Extraño a mi gato, el Sr. Fritz, castrado y de pelo corto, no daba nada de lata, sólo para comer y mear. Se murió de viejo y de pura tristeza me casé y me puse a tener hijos.
Vivo allá, en el departamento número ocho. Tengo de vecino a un chino, así que tampoco a él le puedo hacer plática. Qué jodido, ¿no? Me dan ganas de regalarle un suéter para romper el hielo, siempre anda harapiento y amarillo.
Qué manera de vivir tan atroz, en la tele dijeron, la de los inmigrantes ilegales. A mí ya se me olvidó lo que se siente. Ahora me da igual.
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