Tributo a la audiencia

Tributo a la audiencia
"The show is over" by Matthias-Haker

jueves, 24 de febrero de 2011

La cura para el erotismo


¡Qué espeso estás esta madrugada! Me he dicho a mí mismo. Mierda, me la volví a encontrar hoy. ¿Por qué esa mujer me pisa los talones? No me gusta, pero ella me mira de esa manera, procurando ser misteriosa, sutil, seductora. Cuando se está alejando de mí, mueve más el trasero, es una gata en celo, todo mundo lo sabe.
Estuve meditando, pero no, no tengo ganas de cogérmela. Mis amigos se burlarían de mí, pero a mí me gustan más las mujeres que usan gorra, tennis, pantalones de mezclilla no ceñidos o shorts, sin una gota de maquillaje. Por eso tantas veces me han bateado las tortilleras. Quisiera ser mujer para poder conseguirme una de esas. No me molestaría perder el pito, me las cogería con lo que fuera, con la mano, con la lengua, con el pie.
Supongo que es el modelo de mujer con el que estoy acostumbrado a lidiar. Mis primas son así. Ellas fueron quienes me dieron mi primer mamada. Desde entonces no dejo de soñar con machorras que se me sientan encima y se contorsionan hasta el cansancio. Soy un desviado, pero no me importa, a uno le gusta lo que le gusta y ni modo. Además, siempre hay un roto para un descosido, ¿no? Debe de haber por ahí alguna mujer incomprendida que pase por lesbiana pero que le gusten los hombres. Es un mundo muy ancho.
Como aquella chava que pasa y pasa por mi facultad. Nadie la conoce, pero no me canso de verla. Siempre va de tennis, obvio. Se recoge el cabello todo para atrás en una colita de caballo y usa a veces blusas de botones y a cuadros, otras, playeras simplonas sin un estampado. Camina como si se acabara de bajar de un caballo. Y yo con mi cara de imbécil la miro cruzar la facultad como si se tratara de Megan Fox en bikini. Entonces me tengo que clavar un lápiz o lo que tenga a la mano para evitar una erección contundente.
Hoy estaba precisamente en eso, viendo a mi musa descender del Olimpo para mezclarse con los mortales, cuando aquella gata se me acerca y me da un beso en la mejilla. Perdí la erección en seguida. Guácala, me embadurnó de su brillito y luego se puso a balbucear sobre no sé qué pendejadas, que si te gusta esto, que si ya hiciste lo otro, y yo traté de poner la cara más “lárgate” que pude. Pero no, la nena agarró y se sentó. Quería ponerme los audífonos, aunque luego pensé que era un exceso. Yo respondía con monosílabos o no respondía de plano, pero ella so-ña-da. De a ratos me da lástima y por eso no le digo nada, es muy raro que una niña tan bonita y mona como ella se quiera sentar junto a mí a escucharme decir ajá o prácticamente nada. Y luego se me queda viendo. Es cuando más la odio, es como si se estuviera burlando de mí. Me mira con sus ojotes almendrados pestañeando como si quisiera mandarme mensajes en clave morse, como tratando de escarbar en mi conciencia y eso me asusta, me da asco, me dan ganas de preguntarle ¿Qué me miras, gata inmunda? Aunque de seguro ella lo tomaría como un cumplido. No sé de dónde habrá agarrado esa estúpida idea fija de tratar de conquistarme. No soy muy guapo que digamos, no tengo un quinto y mi personalidad se asemeja mucho a la de un hongo. A lo mejor le recuerdo a su papá o yo qué sé, alguna de esas cosas freudianas del complejo de Electra. Sepa.
El chiste es que no sólo me arruinó la escena de mi musa, sino que por andar pensando en todo esto también me arruinó la chaquetita de hace rato. Nunca voy a coger con ella. La lástima es la cura para el erotismo.

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