Tributo a la audiencia

Tributo a la audiencia
"The show is over" by Matthias-Haker

domingo, 12 de septiembre de 2010

A la izquierda.


Reina Reyes Aguas cuidaba mucho de su familia. Todos los días se levantaba antes de que saliera el sol, tenía muchos quehaceres: prender el bóiler, hervir agua, ir por el pan y la leche, freír unos huevos, despertar  a sus hijos, preparar la mamila, planchar un par de prendas, hacer sándwiches, hacer agua de limón; una raya de lado para peinar a los niños, una coleta para las nenas (arreglar la bastilla, pegar un botón), la pañalera lista con seis cambios y seis pañales; vestirse, comer un bolillo, peinarse, sopear un poco de café con leche, maquillarse, cargar al bebé que llora de aburrido. Revisar el reloj. Una oración y la bendición antes de ver salir a los niños por la puerta con su hermano en brazos. Antes de cerrar la puerta tras de sí, después de su infalible persinada, se da cuenta de esto y no puede evitar recordar que hace unos años sus días acababan con el amanecer y prefería recordarse a sí misma en aquella otra decadencia, porque en realidad la extrañaba, extrañaba poder sucumbir al abandono constante del día, al olvido, a la desidia, porque la única que moría con esto era ella. Ahora, mantenerse razonablemente con una especie de vigor es una obligación que a veces la agota hasta el punto de la asfixia. Y no se permite desear no ser madre, no ser cajera en el Wal-Mart, no ser soltera (separada, dejada, lo que sea); desea tener veinte años, estudiar para ganar más dinero, una casa propia, vivir en otra colonia, otro estado, tal vez hasta tener un esposo médico que le pague ropa de Liverpool y café del Starbucks. No se permite desearlo porque es inmoral envidiar cosas tan banales. Es inmoral no aceptar su condición social, negar que está insatisfecha con su modo de vida (que es más bien un modo de muerte), una prisión que la enajena de lo humano, porque ya no se reconoce en el espejo, ya no se da cuenta de qué velocidad tiene el tiempo, porque siempre deja el descanso para después (descansar le causa culpa, siempre hay algo por hacer). La vejez le está cayendo encima y siente que no hay nada (aparte de sus hijos) de lo que se pueda asir, ni siquiera de su pasado, lo que aconteció hace algunos ayeres no fue por voluntad propia. Se da cuenta de que en realidad nunca ha estado donde realmente ha querido estar. Ella siente que es el peor ejemplo de mujer que puede tener para ella misma. No sabe, o no encuentra, qué es lo que ella como mujer ha hecho para trascender. Piensa en sus hijos. Los ama, daría la vida por ellos, siente una pasión que no puede ser opacada por nada, no permite que lo sea. Aunque tiene sentimientos encontrados, reconoce que sus hijos son una carga (le apena usar esa palabra para referirse a ellos), aunque también sabe que son su motivo. Como no es raro suponer, no quiere que terminen como ella, porque así se ve ella, terminada. El futuro no le depara ninguna sorpresa, todos los días serán como este, hasta que se quede sola en casa y el único quehacer que le reste sea mirar la televisión, añorando, muriendo y viviendo de nostalgias carcomidas, de todos esos deseos que no se permitió por creerlos ingenuos. El único deseo que se permite ahora es el de regresar a casa y hacerse cargo, el de tener las energías para un día más.
Reina Reyes Aguas cierra la puerta. Guarda las llaves en su bolso. Se alisa la blusa, respira profundo y camina hacia la izquierda en vez de a la derecha.

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