¿De dónde viene el olor de las casas? ¿De las cosas que ahí habitan, del aire que se cuela y combina los elementos, de las personas que sudan, de los alimentos, del pan, de la leche, de la sal, de la pimienta, del cilantro y la cebolla y el ajo, de los diccionarios que ahí existen, de las palabras pronunciadas, de las calladas, de las nunca imaginadas, de las aguas que se evaporan, de la fauna que les rodea, de la flora, de la basura, de los libros, de los muebles, de los transeúntes que pasan y no se quedan, de las memorias, de los gritos de antaño, de lo que vendrá, de lo que nunca será, de los poemas que se dicen después de hacer el amor cuyo eco resuena en cavernas ininteligibles, del jabón, del polvo, de la ausencia, de la presencia, de la humedad, de la sequedad, del barro, de los ladrillos que vigilan perversos a través de las fotografías acechando agazapados deshilachando las cobijas y comiendo calcetines y secando las plantas, vomitando arañas, cucarachas, polillas y culebras, tergiversando los sentidos y alimentando soledades insondables como el hueco que un caracol lleva a cuestas por los jardines del mundo cuyas flores marchitan al unísono, chasqueando la lengua resignadas?
Pagué siete mil pesos para que me dijeran que apesto
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O lo que es lo mismo, me pagué una editora, por fin, para que revisara mi
novela.
Y es que yo confiaba en este proyecto, a pesar de que navegaba
doloros...
Hace 6 meses
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