Soy una mujer libre, no estoy atada a ningún hombre, y puedo estar con quien yo quiera a la hora que quiera y como quiera. Pero hoy tengo un poco de impotencia guardada en forma de piedras en el estómago, porque ayer vi a mi actual amante acariciando a otra mujer. Fue como leer las letras pequeñas al final del contrato.
Cuando una acepta tener un amante informal, se leen las cláusulas, las advertencias y una se confía pensando “ah, qué tan malo puede ser, de todos modos nada de esto nunca pasa, confío en mi criterio.” Y tómala, perra, al día siguiente lo ves tomado de la mano de otra mujercita más chanchis que tú y probablemente con más urzuela… y con más caries de seguro. Pensabas que las mujeres de las que te hablaba a medias eran ficciones de otro planeta, que eran como el coco que sólo existe en los cuentos de hadas, y, zas, te topas con que viven en la misma ciudad que tú, caminan por las mismas calles que tú, respiran el mismo aire que tú y, sí, en efecto, tocan el mismo pito que tú. ¡Y empiezan a desparramarse las ideas! (Hijo de puta, te voy a castrar; trágate tu propio semen, perro; tienes una fijación con tu madre, ve y cógetela de una buena vez; etc.)
Después vienen las dudas… las desgraciadas dudas. ¿Será cierto que él nunca se había sentido como dijo que se sentía cuando estuvo la primera vez conmigo? ¿Le dirá las mismas cosas a ella, a las otras? (¡Mierda, ahora sí que creo en la existencia de las otras, y me dejó sintiéndome como María que no creía en el espíritu santo sino hasta que le hizo un hijo!)
Las otras. Yo soy las otras para esa mujer que tiene de la mano. ¡Puta madre, soy OTRA! Estúpido adjetivo comunista, a la mierda la puta igualdad. ¡No somos iguales! No, no es cierto que podamos hacer lo mismo ni sentir lo mismo, porque mi coño es más bonito que el tuyo, mis nalgas están más firmes y suaves, mis labios más carnosos y mis ideas más chidas. Y creo que acabo de descubrir que mi puño sirve para otras cosas, por ejemplo, romperte esa cosa que tienes por cara, a ti y a tu amante de tres pesos (porque mío ya no es); además, si levanto este dedito de aquí, te puedo comunicar mejor lo que mil palabras no son capaces de expresar.
Y me rebotan en la nuca las letras pequeñas. En realidad, no tengo ningún derecho a enojarme, porque no somos más que amantes, el único momento en el que nos pertenecemos es cuando estamos en mi cama tratando de ser uno.
Aún así, ¿quién es ella? ¿No será ella como yo o viceversa? ¿Seré yo? ¿Y si yo soy varias, varios cuerpos, varias piernas, varias ideas, varias historias? Puede ser que la pueda entender a ella, porque en realidad somos la misma persona y es por eso que él está con ambas. En ella me encuentra a mí y en mí la encuentra a ella. ¿Qué es lo que está buscando? Sí, yo soy todas las mujeres, soy todo lo que él necesita y todo lo que puede tener. No soy otra, soy todas.
¡Ah, sí, ahora puedo dormir tranquila, confío en su buen criterio y, sobre todo, en el mío!
Cuando una acepta tener un amante informal, se leen las cláusulas, las advertencias y una se confía pensando “ah, qué tan malo puede ser, de todos modos nada de esto nunca pasa, confío en mi criterio.” Y tómala, perra, al día siguiente lo ves tomado de la mano de otra mujercita más chanchis que tú y probablemente con más urzuela… y con más caries de seguro. Pensabas que las mujeres de las que te hablaba a medias eran ficciones de otro planeta, que eran como el coco que sólo existe en los cuentos de hadas, y, zas, te topas con que viven en la misma ciudad que tú, caminan por las mismas calles que tú, respiran el mismo aire que tú y, sí, en efecto, tocan el mismo pito que tú. ¡Y empiezan a desparramarse las ideas! (Hijo de puta, te voy a castrar; trágate tu propio semen, perro; tienes una fijación con tu madre, ve y cógetela de una buena vez; etc.)
Después vienen las dudas… las desgraciadas dudas. ¿Será cierto que él nunca se había sentido como dijo que se sentía cuando estuvo la primera vez conmigo? ¿Le dirá las mismas cosas a ella, a las otras? (¡Mierda, ahora sí que creo en la existencia de las otras, y me dejó sintiéndome como María que no creía en el espíritu santo sino hasta que le hizo un hijo!)
Las otras. Yo soy las otras para esa mujer que tiene de la mano. ¡Puta madre, soy OTRA! Estúpido adjetivo comunista, a la mierda la puta igualdad. ¡No somos iguales! No, no es cierto que podamos hacer lo mismo ni sentir lo mismo, porque mi coño es más bonito que el tuyo, mis nalgas están más firmes y suaves, mis labios más carnosos y mis ideas más chidas. Y creo que acabo de descubrir que mi puño sirve para otras cosas, por ejemplo, romperte esa cosa que tienes por cara, a ti y a tu amante de tres pesos (porque mío ya no es); además, si levanto este dedito de aquí, te puedo comunicar mejor lo que mil palabras no son capaces de expresar.
Y me rebotan en la nuca las letras pequeñas. En realidad, no tengo ningún derecho a enojarme, porque no somos más que amantes, el único momento en el que nos pertenecemos es cuando estamos en mi cama tratando de ser uno.
Aún así, ¿quién es ella? ¿No será ella como yo o viceversa? ¿Seré yo? ¿Y si yo soy varias, varios cuerpos, varias piernas, varias ideas, varias historias? Puede ser que la pueda entender a ella, porque en realidad somos la misma persona y es por eso que él está con ambas. En ella me encuentra a mí y en mí la encuentra a ella. ¿Qué es lo que está buscando? Sí, yo soy todas las mujeres, soy todo lo que él necesita y todo lo que puede tener. No soy otra, soy todas.
¡Ah, sí, ahora puedo dormir tranquila, confío en su buen criterio y, sobre todo, en el mío!
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