Estoy encerrada, excluida, alienada, alejada. Tengo un mundito demasiado apretado como para aceptar que entre otra alma en él. Yo soy la que visita, la que invade, la que toca las puertas. A mi puerta nadie toca, no porque no se les antoje entrar, sino porque tengo una malla electrificada alrededor de mi celda. Peligro: no traspasar. A quien se encuentre en flagrancia de invasión, será reportado inmediatamente a la sala de tortura. Personal autorizado: madre, sólo en caso de mantenimiento y/o incendio. No me gusta que se atrevan a violar esa sencilla advertencia. ¿Por qué creen que necesito ser salvada, y lo que es peor, de mí misma? No soy su pretexto de redención beata, ni la buena acción del día, soy un ácido, si me tocan, se queman; si me beben, se mueren. Siempre termino matando algo. Aunque últimamente intente matar lo malo de las personas (apatías, incredulidades, soledades, encierros), hay veces que no puedo controlar el lobo que habita dentro de mí. Todo el tiempo estoy siguiendo sus órdenes, y no dejo de enredarme con excusas para torturar al enemigo. Me infla el cerebro desentrañar mis actuaciones advenedizas, que no por eso son de mal gusto. Tal vez ya sea hora de tomarme unas vacaciones, así podré llegar con renovadas fuerzas a conquistar a las almas débiles y a los espíritus corrompidos. Porque cuando conquisto me entrego; cuando invado, me rebelo; cuando asesino, muero. Soy todavía muy persona como para dejar de hacerlo. ¿Y cómo no si todos somos adictos a la soledad y a lo roído, podrido y de moho escarchado? Es la búsqueda perpetua de la limpieza, la santidad, la pulcritud. Si no hubiera nada para limpiar, despedirían a la moza. Enredar el estambre para tener algo que desenredar mientras las tardes lluviosas pasan; mojados los cristales nos parecen menos melancólicos cuando estamos desmadejando estambres, enjambres ajenos, servicio social de redención porque la sociedad me ha dado tanto, quiero retribuirle con este acto. Pero yo no quiero que toquen el mío, porque anda perdido en las calles de cantera, dentro del frío vientre de los templos y los gritos de las vírgenes lloronas que durmieron en este mismísimo cuarto, donde yo me deshice de mi propia virginidad y marqué con sangre el piso de esta habitación y las manos de aquel pequeño hombre desdichado. Aquí, en la esquina de la Calle Ancha de la Palma con la Calle de la Palma, yo volví a gritar el grito de aquellas mujeres que me antecedieron y recibí su fuerza, guardada en las paredes, el aire y el suelo. ¡Que mi madre no lo sepa, señor Editor, que no se entere de lo que su primogénita ha hecho!
Pagué siete mil pesos para que me dijeran que apesto
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O lo que es lo mismo, me pagué una editora, por fin, para que revisara mi
novela.
Y es que yo confiaba en este proyecto, a pesar de que navegaba
doloros...
Hace 6 meses
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