Ya dime que no me extrañas, tienes que hacerlo. Dime que eres feliz, querido
hombre melancólico. Me estoy rompiendo la cabeza. No hallo un lugar porque no
lo tengo. Quisiera que me contaras algo, que vinieras a hacerme preguntas,
hablar de literatura, de nosotros y de la música. ¿Cómo le voy a hacer? Tenía
que decirte eso, que estoy enamorada de ti. ¿Qué hago? Hago esta pregunta y me
pongo la mano en el corazón, ¿qué hago? Estoy a punto de empezar a sufrir tu
partida, ¿sabes? Estas dos semanas han sido para tomar aire porque sabía que me
iba a poner a llorar irremediablemente y, quién sabe, tal vez esté llorando ahora
mismo y no tengo forma de hacértelo saber, ¿o sí? Tal vez sólo sea cuestión de
levantar el celular y marcar tu número y asustarte y oírte titubear, oírme a mí
misma balbucear palabras que en realidad no quiero decir.
Estoy perdiendo otra vez, ¿por qué? No
quiero perder, no quiero perderte, estar sin ti. No quiero. Punto. ¿Por qué?
¿Por qué tengo que hacer eso ahora? ¡No! Al principio quería darte la impresión
de que me daba igual si estabas o no, y tal vez de a ratos fue así, pero ahora
ya sé que no me da igual, que realmente sentí eso que te dije el otro día, que
tu presencia en mi vida me había puesto de buenas, y ahora es mucho más que
eso. Pero qué ridícula, tienes que perdonarme. O tal vez no. ¿Estoy obrando
mal?
Y repaso mis fotografías y me confundo
porque no sé cómo es que ese cuerpo que veo, esa cara y esas manos estuvieron
sobre el cuerpo tuyo y cómo es que llegaron a amarte. Llego aquí y toda mi existencia
me parece absurda, tal y como lo concibe Camus. ¡Absurdo todo! ¡Absurdo
levantarse, absurdo caminar, absurdo es amar a un hombre ausente! ¡En dónde
estás cuando te necesito! ¡Carajo!
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