Si quieres venir, aquí estoy, para ti, para recibirte con las
piernas abiertas y el corazón cerrado, porque la posmodernidad no nos
permite acercarnos demasiado, pero sí tener el valor para admitir que nos
deseamos. Tengo toda el agua que te hace falta para nadar, querido pez de
agua dulce. Te propongo tener un romance kunderiano, nos diremos primores
cogiendo, me gustas y me gustas, hasta que la música nos separe cuando rayemos
las paredes con nuestros nombres de pila sin querer decir que deseamos estar
juntos, cachete con cachete, boca con boca, sexo con sexo y todo eso revuelto.
¿Te gusta mi cabello largo y alborotado? A mí me gusta que fumes tanto, que me
toques y me toques, que te llames como te llames, que me sonrías cuando te
nombro. Y escribiría tu nombre para tacharlo después, pero no tiene caso alguno
hacer una ñoñada como ésa. Recuerda, yo no existo, ni tú, aunque tus
movimientos estén tan impregnados en mi cuerpo, aunque el dolor de mi vientre
me diga que estuviste ahí, lo negaré si alguien me lo pregunta, me voy a hacer
la loca porque loca es como me tienes acá encerrada en una lata aparte, una
lata color morado, rodeada de cortinas por cuyas ventanas me asomo, a ver si de
casualidad andas parado en la esquina con tu bici, como si tú mismo estuvieras
esperando a que me asomara. ¿Qué tenemos? El pinche Facebook y los cigarros o
las canciones que escuchamos mientras no estamos, sólo como para tratar de
concentrarnos en recordar las sensaciones, como para reproducir en nuestros
cuerpos las temperaturas y los latidos, como si el beat de todas ellas fueran
los golpecitos que nos dimos esa noche. Y me muerdo las manos o cierro bien fuerte
los puños, aprisiono con ellos mis cobijas y en el transporte público me
sonrojo de tanto pensar en ti, o cuando estoy trabajando confundo todo, quiero
cortar cebollas con los tenedores o prender la estufa con las cerezas. Juro que
caminando te perseguiría, te andaría por todos los corredores del centro hasta
que me sintieras respirando por detrás de tu nuca, con ese beat encerrado en mi
pecho tocando las mil canciones, recitándote frases o preguntándote cosas
inútiles sólo para oírte hablar y después interrumpirte con mis besos.
¿Puedes cerrar tus ojos y pensar en mí, en cómo se sintió todo, en la paz tan tormentosa que nos envolvió a las cuatro de la mañana ese día, y a las tres y a las cinco hasta que te tuviste que ir a dormir a otro lado? Cuánta adrenalina, cuántas ganas de decirte y cuántas ganas de volver a verte.
Cuántas ganas de terminar de escribir, de ser ingeniosa, de atraerte hacia mí para incendiarlo todo.
¿Puedes cerrar tus ojos y pensar en mí, en cómo se sintió todo, en la paz tan tormentosa que nos envolvió a las cuatro de la mañana ese día, y a las tres y a las cinco hasta que te tuviste que ir a dormir a otro lado? Cuánta adrenalina, cuántas ganas de decirte y cuántas ganas de volver a verte.
Cuántas ganas de terminar de escribir, de ser ingeniosa, de atraerte hacia mí para incendiarlo todo.
Yo siempre escribo cuando no tengo permiso. Y no, no me arrepiento
de nada. De nada, querido hombre melancólico.
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