Me decían que si me quedaba en este pueblo iba a evaporarme con el resto. No les creí un carajo. Es cierto que el sol de aquí es una llama, pero también es cierto que la mujer que amo reposa bajo él y que un montón de personas me quieren separar de ella.
Dicen que pueblo chico, infierno grande. Eso lo sé de sobra, pero estoy seguro de que el infierno que viviría sin ella sería mayor al que tengo que soportar para estar bajo este cielo, sobre estas calles mal pavimentadas, llenas de tierra blancuzca y obnubilada.
No sé qué demonios estoy diciendo. Alguien por acá me pasó un vaso muy sospechoso, no sé si estaba mirando con atención, pero hasta diría que le brillaban los ojos con algo de maldad. Seguramente no, no estaba mirándole la cara, la casa de enfrente está ardiendo en llamas y hay un montón de paisanos tratando de salvar cosas idiotas que se pueden comprar de vuelta en cualquier súper del municipio de al lado. Es esta rara necesidad de sentirse útiles, digo yo. Susana no estaba ahí, si no, yo la hubiera ido a buscar. No, no, ella está de viaje, por eso ando tan atento a las llamas y a la gente idiota. Es como ver una gran estrella fugaz estática. El calor de un lugar así, el brillo, la demolición es un espectáculo que pocas personas soportarían ver. Seré juzgado por quedarme a ver, pero me vale madres.
Entiendo pocas cosas en estados como éste. Me refiero a un montón de cosas cuando digo estado, hasta pondría un énfasis en la "e" del inicio para marcar la grafía, una "e" mayúscula, una minúscula. Todo se confunde al hablar, ojalá alguien pudiera tomar nota de mi testimonio. Le diría a ese hombre que escribe mis palabras que lo que más amo en esta vida es a Susana, aunque no me gastaría en explicarle por qué, probablemente lo llevaría a conocerla, a mirarla como yo lo hacía, a través de un agujero en el zaguán de su patio trasero. Ah, sí, Susana tenía una casa tan grande que abarcaba una cuadra de atrás para adelante. Atrás casi nunca hay nadie, afuera quiero decir. Ahí es donde hacían las fiestas, en donde sacaban la alberca inflable los domingos o los días de cumpleaños. Yo no vivo cerca, pero un día tuve que ir a hacer un mandado y me perdí y pasé por ahí. Oía todo del otro lado del zaguán, no pude con mi curiosidad y traté de ver hacia dentro. Había un montón de niños corriendo por todos lados, niños y niñas normales, pero en medio de todo ese desmadre, estaba Susana, como iluminada por un haz de luz violeta, la luz del deseo y la santidad.
Perdí noción del tiempo. Sólo supe que me tenía que ir hasta que Susana se cambió el traje de baño y se fue. Traté de ver a dónde demonios se había ido, si seguía dentro de la casa, si había salido por el otro lado, si se había ido en coche, si se había ido a pie, pero era demasiado difícil saber. Después de eso lo único que supe de cierto era que tenía que volver a esa casa y que tenía que ser pronto.
En los días que siguieron me anduve haciendo tonto por ahí. Traté de no asomarme, más bien me encontré a una señora por ahí que estaba entrando a su casa y le pregunté que si esa casotota era un salón de fiestas o algo así, quesque porque quería celebrarle sus Quince Años a una sobrina. Así fue como supe que Susana vivía ahí, cuántos hermanos tenía, a qué escuela iba. Todos esos datos siempre son útiles y yo los usé a mi favor. ¿Qué les puedo decir? Sabía que era el amor de mi vida, que después de cuarenta y dos años de calvarios con mujeres falsas por fin me tocaba un amor del bueno. ¿Pero a qué santo podía rezarle entonces? Vivía solo, o eso es lo que le hacía pensar a todos. Mis peces no cuentan, aunque los ofenda. Muchas veces me imaginé viviendo junto al mar, cazando, prendiéndole fuego a la ropa de mis hijos y brincando con una botella de mezcal en la mano y luego me daban ganas de arrojarme a mí mismo al fuego para ver si así podía callar esa voz que me dictaba por lo bajo una elegía de muerte sin retorno. Luego pensaba en Susana. Susana comida por el fuego, Susana comida por la furia del viento. Y la vi. Un día como hoy tuve el valor y la vi. Sus dedos largos tratando de alcanzar la salida, sus pies diminutos pataleando en el aire, como si eso le pudiera dar algún impulso mágico para salir disparada al exterior de su casa consumida por las llamas de mi estupidez.
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