Tenía grandes esperanzas, oh destino, de que el día en que te fueras me declaras tu amor eterno e incondicional. Mamadas. El día en que te fuiste lo único que oí salir de tu boca fue un "Gracias por todo -entre paréntesis: me vale una mierda que me ames-. Nos vemos dentro de un año". Y así, te largaste sin voltear atrás, con una sonrisa tan grande que hasta tu culo se meneaba de la emoción. Llevabas dos maletas pequeñas en las manos, una llena de libros que a nadie le importan y otra con varios pares de calcetines y bufandas. Me dio mucho asco pensar en que te iba a extrañar, en que te iba a escribir cartas, en que iba a pensar en ti cada vez que me metiera a la cocina o pasara por donde antes vivías, y que mis paseos por el Tepe no tendrían sentido alguno si no podía comentar contigo lo caro que estaba todo o las ofertas que había arrebatado a los ambiciosos señores de los quesos; sentí una desolación profunda porque ya no íbamos a hablar sobre las películas que veía gratis en el videoclub o los libros que robaba de esa librería de segunda mano. Me sentí transversalmente idiota al creer que podías dejar tus planes canchancheros de conquistar el mundo continente a la vez con esa morra de la mano, los dos juntos saludando el horizonte, mentándole la madre a los malditos fascistas que hacen de este mundo un jodido lugar para vivir. Pero yo no me acuerdo de lo jodido que está cuando estoy contigo, es el puto problema, que contigo todo es abstracto y mágico. Estar contigo era mejor que escuchar a Mercedes Sosa cantar "Ay, este azul" en el momento en que la tristeza arrasa sin piedad; es mejor que recitar en voz alta ese poema maldito de Lizalde "Recuerdo que el amor era una blanda furia no expresable en palabras...", uuuh, paladeando las erres como él lo hace cuando dice "ramo de triges, era el amor, según recuerdo." Todavía mejor que eso era. Pero no para ti, yo no era eso para ti. ¿Qué pude haber sido sino una mucama complaciente y sumisa, una platicadora, prostituta de ideas? Todavía me acuerdo que mientras te lavaba los trastes y barría la cocina fingías tener preguntas sobre mí, solías memorizar mi vida como si te importara e incluso calculabas el tiempo justo entre mi reposo y tu falso bostezo para poder correrme con sutileza de tu casa y, si la flojera no era mucha, me acompañabas a la puerta y te despedías de beso y me dabas una palmadita en la espalda.
¡Sí, estoy triste otra vez, chingado! ¡Y qué! Se supone que una debe de perdonar y dejar ir para ser feliz o algo parecido. Se supone que una debe reflexionar y decir "Ya no me importa el pasado" y estirar la piel de la cara, tratar de tocar las orejas con las comisuras de los labios, abrir la puerta y poner un pie delante de otro mirando el horizonte sin darse en la jeta con el maldito poste de la vuelta de la esquina. Pues ya, tal parece que la biología no me ha forjado con tal capacidad, ¿olvidar? ¿Perdonar? Ojalá fuera cosa de neurotransmisores. Llevo más de seis meses tratando alterarlos con mota, traté saltar la cuerda, vomitar mis alimentos, dormir de cabeza, enterrarme en la arena, mirar las estrellas... pero no encuentro coherencia alguna entre los dos órganos que traigo implantados en el cuerpo como macetas en un corredor, son cosas que solamente crecen, así, sin pedir permiso, el rencor, la impotencia y todos esos pecados que la tradición judeo-cristiana nos hizo favor de enlistar en 7 sencillos puntos, como una receta para la infelicidad.
Hay que agarrarse fuerte la cintura y decir "no duele, hijo de puta, que me mires y no me beses". Hay que mirarse al espejo y decir "sí, con ella está mejor, no tengo por qué meter la cuchara, ellos son felices, porque los veo amarse en público, porque él me cuenta todo, porque ella está radiante y el sol tarda veinticuatro horas en darle la vuelta a la Tierra (¿o era el revés?)". Es un corsé muy apretado, ¿sabes? El de la indiferencia. Te has puesto a pensar ¿Qué pasaría si dejara de estar aquí? ¿Qué sentirías si un día decidiera borrarme de esta tarea y regresara al polvo de donde vengo? Ñeh, son amenazas patito, sabemos bien que jamás podría ponerme una mano encima, todo con tal de no hacerte sufrir a ti. Y tal vez sea demasiado ingenuo/atrevido de mi parte pensar en que sentirías de verdad algo no egoísta por mí.
Hay que caminar una larga carretera para llegar al final de este discurso autocondescendiente. Quisiera que este texto llevara una historia interesante de fondo, pero lo único que he logrado hacer es hilvanar quejas con alegorías de una manera más o menos inteligente. Al menos no tengo faltas de ortografía...
Al menos por hoy, me gustaría usar la tercera persona para construir una atmósfera de universalidad y alejamiento, para relajar mis músculos de la pesada carga del protagonismo. Como si pudiera jugar a algo menos dramático que EL amor. ¿Podemos empezar a brincar ahora? Las palomas volaron de la plaza y un señor sopla con desidia un aro para sacar burbujas de jabón. Anoche me raspé las rodillas pidiéndole milagros a la santa de la literatura, pero todavía puedo elevarme con las manos abiertas para tronar algunas. A veces me gusta perseguirlas sin tocarlas, mirar su piel tornasol y mi cara reflejada sobre ella.
No me digas nada, ya sé. Jamás volveré a hablar contigo.
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