Está dando
vueltas esperando a no sé quién. Es un espacio gris ballena, rugoso, el aire
espeso y a la vez vacío. De un lado, una muchedumbre conocida, gente de la
escuela, amigos de otras ciudades, de otros lares, cada una tenía un color y
una textura diferente, como recortes de revista, no tienen proporción entre sí,
todas expuestas al sol aparente (que debió de haber estado ahí a pesar del
color del día, aunque tal vez el color del sol era diferente). Todas esperan.
Qué infierno puede ser la espera, la odia con espumosa rabia, no quiere
esperar. El tiempo no mide lo mismo cuando se espera, se vive tan poco en tanto
tiempo. El animal patudo que habita dentro de ella le revuelve los órganos,
juega a la sopa con ellos, les da vueltas y vueltas con una cucharota de madera
y no la deja en paz sino hasta que llega lo que tiene que llegar.
Del
otro lado, un montón de butacas y un escenario de fondo negro como para
muppets. Ella está en medio, mira a un lado y al otro, ve siluetas y cree que eres
tú pero no. Nunca eres tú. Y vuelve la vista al suelo y se soba los brazos y la
cara y el cuello y las clavículas. Toma su dije, lo aprieta y le da vueltas. Se
arranca la piel de los labios, sangra un poco. Y vuelve a buscar, mira todo
pero no ve nada. Los conocidos reculan, se alejan, se abren como una ola que se
prepara para dejarse venir y romperse sobre ella. Está más sola aún entre ese
escenario y los conocidos reculantes. Tiene su propia frontera y es un
instante. Lleva un abrigo largo puesto, le sobran mangas. Se aparta los
cabellos y los siglos pasan.
De
repente pasa por entre sus pies un bicho de no sé cuántas patas y antenas, lomo
liso y verde opaco, casi negro, un par de líneas amarillas le delinean los
costados. Su cabeza sobresale notablemente, la mueve mucho. “Aplástalo”, algo o
alguien le dice. Apenas alcanza a seguir con los ojos el recorrido del insecto.
Alza un pie, se lanza, pero falla. ¡Sus pies pesan tanto! Avanza y rompe el
suelo, el insecto tiki tiki tikití es mucho más ágil. ¡Carajo, lo quiere matar,
de verdad, como si aplastarlo significara aplastar la espera y mágicamente
después te pudiera ver empujando la multitud para llegar hasta ella y extinguir
el ansia!
Pero
no. No lo alcanza. El bicho trepa por las paredes. Ella no puede trepar por las
paredes. Entonces, escoge a alguien del público, un hermano de ella, ayúdame,
le dice. En el primer pisotón lo alcanza. El bicho deja de correr, pero no está
muerto. Ella sigue siendo incapaz de tocarlo.
Alguien
le toca el hombro y voltea instintivamente.
No
hay nadie.
Regresa
la vista al bicho y se ve que el bicho ya no es bicho si no un busto humano,
hecho de papel crepé blanco, desprovisto de cabello. Tampoco tiene labios. En
lugar de ojos tiene en las cuencas unos parches del mismo papel. Y se mueve, la
cabeza baila sobre los brevísimos hombros, baila y se sacude porque ahora tiene
el bicho dentro y trata de romper los parches de las cuencas, se ve latir el
papel: pum pum pum...
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