Quisiera lanzarte a un pozo en
medio del bosque de mi memoria, un lugar en donde la luz no penetra, para ya no
sentirte acosándome en sueños, en medio de esta soledad donde tu imagen hace
eco de sí misma.
Mi recuerdo de
ti es una pobre imitación de lo que eres, tal vez demasiado benévola con tus
cualidades y generosa en las proporciones de tus carnes, pero en lo único que
no se equivoca es en la intensidad de tu frío, en el volumen de la voz de tus
ojos melancólicos, donde cada lágrima se convertía en sílaba, la sílaba en hilo
de palabrejas con el que tejías un adiós tan sordo como este amor que se rehúsa
a lavarse de mis uñas, de mi ombligo, de mis comisuras.
Este amor se
está haciendo costra, una costra tan gruesa que ya hace cordilleras en mi
espalda y en mi cuello. Me pica por doquier, ¡pero no la puedo arrancar! Se
está volviendo una extensión de mí, me invade y pronto tendrá vida propia.
Me da miedo que
eso pase, porque si no logro deshacerme de él antes, será un parásito de mi
sangre y de mis ideas.
Antes de que
ese amor me consuma, me lo tendré que comer vivo.
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