Tributo a la audiencia

Tributo a la audiencia
"The show is over" by Matthias-Haker

martes, 12 de enero de 2010

La caída

Era necesario. Tenía que despojarte de todas tus supuestas seguridades. Lo admito, mordí la mano que me dio de comer, pero qué carajos, como si fuera la primera vez. No voy a negar que me siento culpable, lo soy y mucho. Te abrí la puerta, te di migajas y te pateé la cara. Pobrecito perro callejero, luego por qué son tan desconfiados. Pero ya estás grandecito, ¿no? Tú puedes con los golpes de la vida, por eso llegaste hasta donde estás, ¿o fue por qué estuviste escondido todo este tiempo? No, no creo, me contaste mil historias de tus enfrentamientos con la vida. Pero ya sabes lo que dicen: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Eres un cobarde, por eso siempre que me venías a ver y te saltabas el balcón y entrabas por mi ventana lo hacías borracho. Ni una sola vez pudiste venir sobrio. Dejabas una inevitable estela de cigarro y alcohol: mis sábanas, mi almohada, mi boca, mis senos, mi vientre, incluso mi vagina, cuyo intenso olor lograbas extinguir con tu antídoto para la cobardía. ¿Cuántas veces pensaste en la muerte? Pero no de la ficticia, de la de a de veras, con la que dejas de existir y mirar y saber; digo, de verdad pensar, no mamadas como leer y reflexionar, sino verla como tu hermana, como tu madre, como tu alma gemela, tu mejor amante, con sus falanges peinando tus cabellos naranjas como las zanahorias y susurrándote palabras tiernas de amor al oído te quiero, te protejo y te debo la vida, amor mío. Y dejarte abrazar con todas sus extremidades, incluso con la lengua, cubierto de su viscoso y amargo aliento viejo, con olor a tierra mojada, madera quemada, sofocante, pero dulce, oh, tan dulce. ¿Cuántas, pequeño niño anciano, pensaste en ella sin percibir su presencia? ¿Te dejaste caer sobre tus rodillas para implorar un poco de sabiduría, de temple, de equilibrio para aguantar tus propios demonios? Madre Muerte, escucha a tu bastardo, nacido del humo y las lágrimas; hombre de lodo de la ceniza de sus ancestros mal amados, ignorados por constelaciones superiores e iracundas. Abraza la carne de tu carne, bebe su tristeza y libéralo de sus pesares, que tú puedes mejor con el menester de la vida, Muerte mía.
Ahora, te doy permiso de que te evapores y me maldigas, peores insultos he oído de mí misma. Deja que mi traición te atraviese las sienes de lado a lado y perfore lo que te quedaba de fe. Deja que mi recuerdo viole la frontera e invada tu tierra, como el río que se desborda en tiempos de lluvia y arrastra con capricho las vidas que a su paso encuentra, húndete en mi tristeza fangosa de recuerdos podridos y roídos por otros presos de ella.
En tus ojos leí el deseo de caer. Agradece, pues te estoy complaciendo en todo momento.

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